miércoles, 18 de agosto de 2010

Lo que nos mata




Cinco de la tarde y su corazón latía insistentemente,

quería acelerar cada minuto del reloj.
La taza de café que sirvió treinta minutos atrás permanecía intacta,
inerte y helada estaba, junto a la mano del escritor que no sostenía nada,
la pluma se encontraba justo a la par de sus lentes;
sin dudar estaba esperando algo, pero quizá ni él mismo sabía con certeza
lo que iba a presenciar, solamente estaba allí sentado
frente a la ventana que daba al jardín
donde se podían observar una cantidad insólita de bellas flores
que decoraban el frente de su casa.

Transcurrieron dos minutos y no pasaba nada,
él tenía temor tan siquiera de pestañar, no sucedía absolutamente nada;
no tenía calma, estaba aterrado, y al parecer la silla había atado su torso a ella;
De pronto un jilguero voló sagazmente frente a su ventana
y golpeó con tanta fuerza que cayó al suelo;
pero él qué podía hacer si un ave cuando cae herida
tiene los minutos contados porque pierde la noción de volar
y siente que su fin ha llegado con un tormento poco esperado.

Se levantó aprisa para socorrer al avecilla que permanecía aún con vida,
y al observarla se dio cuenta de lo que había sucedido
porque el pichón venía de otra parte herido
y en un intento por hacer algo e impedir la fatal muerte
decidió llevarlo adentro y lo acomodó en un lugar calientito;
vendó la pata del ave y ella permanecía quieta, sigilosa
esperando quien sabe que...

El observaba lo que sucedía y en un instante y con agilidad
el jilguero voló con ímpetu descomunal hacia la salida
y nuevamente golpeó el vidrio que era casi imperceptible
cayendo ahora sí en un lecho de muerte,
entonces él se levantó y con mucho cuidado lo volvió a su lugar
inclinó la cabeza e hizo una pequeña oración, se levantó,
caminó hacia la mesita donde reposaba casi congelada la taza de café
y se apresuró a llevarla a la cocina, lo calentó de nuevo
y se sentó a escribir la historia que ahora está leyendo,
terminando así sus anotaciones:

"Todos volamos por la vida con un rumbo y en el momento menos esperado
golpeamos en algún lado y caemos, probablemente algún buen samaritano
se acerque a socorrernos. El peor error que podemos cometer
es entrar en pánico y volar aprisa a una muerte segura antes que el día termine"

Son las seis menos diez de la tarde, el escritor parece dormido en su mecedora,
con hoja y papel en mano y la taza de café a medio tomar
y con letra retorcida escribió sus últimas letras...
"Auxilio...alguien me ayude".
Un fatal infarto le sorprendió en su casa,
tras haber ingerido una taza de café, el que se convirtió en el detonante
de su fatal enfermedad.